¿De dónde sale el nombre de Etnia?
Hoy os vengo a contar cómo acabamos bautizando la agencia como Etnia.
Podríamos contar que Etnia nació después de un proceso de naming profundísimo, con estudios semánticos, mapas conceptuales, análisis fonéticos y una pared llena de post-its de colores y troqueles estimulantes.
Pero no. Cuando conocí a Alex, ya venía con el nombre “Etnia” metido entre ceja y ceja. Así que, en esas primeras reuniones de café, portátil y bata, cuando hacíamos números y tomábamos nuestras primeras decisiones, esa idea llegó con vocación de convertirse en obligatoria y con poquitas ganas de ser negociada.
A mí, en cambio, me generaba alguna duda… Principalmente por una cuestión bastante menos romántica que cualquier connotación que el nombre pudiera representar. El posicionamiento SEO.
A primer golpe de teclado en Google, ya había empresas “grandes” utilizando el nombre Etnia. Y mi primera reacción fue pensar en cómo demonios íbamos a posicionarnos, diferenciarnos y conseguir que los buscadores entendieran que también existíamos nosotros.
El problema era que, cuanto más vueltas le dábamos, mejor encajaba el nombre con lo que queríamos construir. Cuanto más hablábamos de cómo queríamos trabajar y del tipo de relaciones que queríamos tener con clientes, colaboradores y gente de nuestro entorno, más difícil era discutirle que Etnia tenía todo el sentido del mundo.
Así que al final, sin mucha más investigación, Alex ganó esa batalla, y yo dejé de buscarle pegas para encontrar sus virtudes. Y hoy, después de tantos años usándolo, nos cuesta imaginar que alguna vez pudiéramos habernos llamado de otra manera. Porque puede que el nombre no sea exclusivamente nuestro, pero la manera de entenderlo, vivirlo y llevarlo a la práctica sí lo es.
Aprendimos a ser sociales antes de las redes sociales
Y buena parte de esa manera de entenderlo viene de cómo crecimos. Muchos de los que trabajamos en la agencia tuvimos una infancia sin smartphones, sin grupos de WhatsApp, sin ubicación en tiempo real y sin la necesidad de documentar absolutamente todo lo que comíamos. Para encontrar a tus amigos no mandabas un mensaje. Bajabas a la plaza, dabas una vuelta con la moto, preguntabas por ahí o gritabas desde abajo de una casa hasta que alguien se asomaba por la ventana.
Internet llegó después, junto con los primeros Nokia, el Messenger, los zumbidos para ligar y esa sensación de que empezaba a abrirse delante de nosotros un mundo completamente nuevo. Las redes sociales tardaron un poco más. Y para entonces ya habíamos aprendido a relacionarnos de una forma bastante más sencilla y, probablemente, bastante más real. En la calle.
El haber nacido o crecido en un barrio, más grande o más pequeño, también nos ha dejado una forma bastante concreta de entender las cosas. Sabes quién regenta el bar que tiene los pepitos más baratos, quién ha decidido aventurarse a abrir la tienda que llevaba años cerrada, quién se ha quedado con el negocio de sus padres y quién está intentando sacar adelante algo nuevo con cuatro pesetas contadas. También sabes cosas que probablemente nunca has preguntado. El chisme viene incluido en el paquete…
Aprendes que los negocios no son solo logos ni fachadas, sino personas. Que detrás de alguien que acaba de abrir un restaurante seguramente hay ahorros, préstamos y una cantidad preocupante de decisiones tomadas de forma bastante regulera. Y con los años también aprendes que esto no cambia demasiado cuando el negocio crece. Detrás de una empresa grande sigue habiendo personas tomando decisiones, preocupándose, arriesgando, equivocándose y tratando de sacar algo adelante sin tener siempre todas las respuestas.
Aprendes también que recomendar un sitio, comprar en el comercio de al lado, ir a ver al equipo local o echar una mano cuando alguien empieza no son grandes heroicidades. Son pequeños gestos que hacen que una comunidad se sostenga. Porque, al final, ayudar, recomendar y apoyar no dejan de ser maneras distintas de hacer lo mismo. Cooperar. Algo que como especie llevamos perfeccionando desde hace cientos de miles de años.
Seguramente por eso nos cuesta entender nuestra empresa como algo que empieza y termina en una factura.
No vivimos en una nube
Tenemos una agencia y, evidentemente, queremos que funcione. Tenemos clientes, proveedores, nóminas, impuestos y todas esas pequeñas alegrías que vienen incluidas cuando decides montar una empresa. Pero nunca hemos entendido que un negocio tenga que limitarse únicamente a generar leads, facturar y cerrar proyectos.
Si formas parte de un lugar, también tienes cierta responsabilidad con él.
Por eso intentamos estar presentes también fuera de la oficina, colaborando con revistas locales, apoyando a clubes deportivos, sumándonos a iniciativas solidarias o echando una mano a proyectos que creemos que aportan algo a nuestro entorno.
No lo hacemos porque suene bien en una memoria de RSC ni porque quede bonito en una publicación de LinkedIn acompañada de un buen apretón de manos. Lo hacemos justamente para poder escribir este artículo… Nah, fuera broma.
Lo hacemos porque vivimos aquí, porque nos gusta conocer a las personas, relacionarnos con ellas, aprender de lo que hacen y porque entendemos que, si queremos un entorno con buenos negocios, buenos proyectos y una comunidad viva, también tenemos que poner de nuestra parte para que eso ocurra.
Al final, una empresa no deja de ser otra pieza dentro del lugar al que pertenece. Incluso las que viven completamente en internet y parecen existir en una especie de nube metafísica terminan dependiendo de personas que atienden, resuelven problemas y mantienen aquello en pie. Algunas mejor que otras, todo sea dicho.
La confianza no se firma
Y es justo ahí donde el nombre de Etnia empieza a tener sentido.
Una etnia es un grupo de personas que comparte ciertos rasgos, códigos, costumbres o una identidad común. Y precisamente esa idea de pertenencia nos pareció acertada.
No entendemos Etnia únicamente como el nombre que aparece en la puerta de la oficina o al final de una factura. Nos gusta pensar que alrededor de la agencia se ha ido formando una pequeña comunidad de clientes, colaboradores, amigos, proveedores, personas que han pasado por aquí y gente con la que, de una manera u otra, compartimos o hemos compartido camino.
Desde el primer momento intentamos que haya cercanía. Profesionalidad, por supuesto, pero también la confianza suficiente para hablar claro, discutir cuando toca, entendernos y construir una relación que no se limite a una reunión aburrida o a una cadena interminable de correos.
Con el tiempo, muchas de esas relaciones acaban convirtiéndose en amistad. Y no es raro terminar compartiendo mesa y alargando una sobremesa que probablemente no figuraba en el alcance inicial del proyecto.
Y precisamente ahí es donde empiezas a conocer a la persona que hay detrás del negocio, a entender qué le preocupa, qué le ilusiona y qué se está jugando de verdad, trabajar juntos deja de ser simplemente prestar un servicio.
Cada uno tiene su negocio, su personalidad y su forma de hacer las cosas, pero existe algo común que intentamos proteger con una convicción que aparece desde el principio en nuestro decálogo: una relación basada en la confianza, el respeto y la sensación de que todos estamos remando en la misma dirección.
Puede que aquello de “espíritu étnico”, un lema que tampoco aireamos demasiado, suene ligeramente boomer leído en voz alta. Pero, qué queréis que os digamos, seguimos creyendo bastante en todo lo que hay detrás.
No todo es parné
Al final, Alex tenía razón. Etnia no solo era un nombre que sonaba bien, sino una palabra que, con los años, hemos ido queriendo más y sintiendo cada vez más nuestra.
Yo estaba preocupado por si Google iba a entender quiénes éramos. Al final, los que hemos acabado entendiendo de verdad quiénes somos, hemos sido nosotros.
Porque negocio, sí. Hay que pagar las nóminas. Pero no todo es parné.